Gobierno de Fe

El presidente cuenta con el apoyo de una proporción muy importante de la población, y eso es destacable. Sus índices de aprobación son altos, como se esperaría en la luna de miel de cualquier gobernante tras la elección, pero el apoyo que la gente ha mostrado a la implementación de acciones específicas es muy significativo, sobre todo porque ha tenido consecuencias tangibles (y no necesariamente positivas) a nivel micro, como en el caso del desabasto de gasolina, y a nivel macro, como en el caso de la caída en la calificación de PEMEX.

El apoyo se ha mantenido constante ante cambios importantes del discurso que persuadió a la mayoría absoluta de los electores. De la desmilitarización, el fin de la “guerra de Calderón”, la legalización y la amnistía pasamos a la Guardia Nacional. La legalización de la marihuana no se asomó en la lista de prioridades legislativas de MORENA en el periodo pasado ni en el que viene (al menos en la agenda de los Diputados). De la amnistía sólo hemos escuchado que se le dará a los crímenes de funcionarios del pasado en un llamado al “perdón e indulgencia”, aunque esto probablemente se extienda a quienes no se ha cansado de calificar como “expresidentes cómplices”. Del fin a los gasolinazos del PRIAN pasamos al “incremento en términos reales”, pero incremento al fin, en los combustibles. La lista de incongruencias es larga, pero el apoyo es tan sólido, aún ante estos hechos tangibles y verificables, que quizás es más apropiado llamarlo fe.

Después de un sexenio de corrupción rapaz y una campaña absolutamente desangelada, en la que dos de los cuatro candidatos se perfilaban como agentes de perpetuación del estatus quo, parece que la gente votó con la esperanza de dejar esos capítulos de nuestra historia moderna atrás, no porque estuvieran seguros del futuro, sino de lo que no querían del pasado. Aunque las señales tangibles y los indicadores (tan valorados por los hoy denostados neoliberales) no están presentes para alimentar el optimismo, parece que su ausencia no perturba la fe puesta en el nuevo gobierno, pues la presencia de un líder bueno, activo y austero parece un sustituto perfecto para la evidencia. El futuro es incierto, pero lo que es seguro, es que por ahora, parece diferente al pasado, y sin entrar en calificativos de “mejor o peor”, para muchos, eso es suficiente.

La gente apostó al cambio votando por un partido con liderazgo único, centralizado, clientelar, pero “nuevo”. Muchos mexicanos han puesto su fe en Andrés Manuel López Obrador en lo que pareciera un periodo de gracia en el cual el plan puede cambiar (del negro al blanco, a veces sin pasar por los grises), ajustarse, fallar, costar, pero, en definitiva, lo que no puede, es parar. AMLO está consciente de que, ante el hartazgo y la esperanza de la gente, lo único que podría ser políticamente costoso es que no hiciera nada. Por ello, todos los errores y gastos son poco, porque hasta ahora lo importante no es que funcione, sino que se distancie de “los de antes”. Como ciudadanos, es nuestro deber recordar que “los de antes” también prometieron cambiar el rumbo fijado por sus propios predecesores, y que así ganaron también nuestro voto. Lo único que mantiene en línea a los gobiernos es una ciudadanía crítica, atenta y participativa. Lo peor para una democracia es una ciudadanía dócil, ajena a los debates de la vida pública y al entendimiento de las políticas que impulsan sus gobernantes. Desear que las cosas funcionen no es condición suficiente para que se materialice el cambio. Votar por un líder que promete ser diferente no debe ser interpretado como una eximición de nuestras responsabilidades como ciudadanos. No debemos caer en la tentación de confundir la complacencia con esperanza.

La gente apostó al cambio votando por un partido con liderazgo único, centralizado, clientelar, pero “nuevo”. Muchos mexicanos han puesto su fe en Andrés Manuel López Obrador en lo que pareciera un periodo de gracia en el cual el plan puede cambiar (del negro al blanco, a veces sin pasar por los grises), ajustarse, fallar, costar, pero, en definitiva, lo que no puede, es parar. AMLO está consciente de que, ante el hartazgo y la esperanza de la gente, lo único que podría ser políticamente costoso es que no hiciera nada. Por ello, todos los errores y gastos son poco, porque hasta ahora lo importante no es que funcione, sino que se distancie de “los de antes”. Como ciudadanos, es nuestro deber recordar que “los de antes” también prometieron cambiar el rumbo fijado por sus propios predecesores, y que así ganaron también nuestro voto. Lo único que mantiene en línea a los gobiernos es una ciudadanía crítica, atenta y participativa. Lo peor para una democracia es una ciudadanía dócil, ajena a los debates de la vida pública y al entendimiento de las políticas que impulsan sus gobernantes.

Desear que las cosas funcionen no es condición suficiente para que se materialice el cambio. Votar por un líder que promete ser diferente no debe ser interpretado como una eximición de nuestras responsabilidades como ciudadanos. No debemos caer en la tentación de confundir la complacencia con esperanza.

Abigail Martínez

Licenciada en Ciencia Política y Relaciones Internacionales por el CIDE (Centro de Investigación y Docencia Económicas) y Maestra en Políticas Públicas por Macquarie University. Se especializa en análisis político y comunicación estratégica. Colaboradora de The HuffPost México, Gluc MX y ENEUSmx.

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